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martes, 2 de abril de 2019

“Se sintió un golpe fuerte y seco”

Los primeros rayos del día comenzaban a asomarse sobre el cielo neivano. Eran las 5:30 de la mañana, y muchos de los habitantes del asentamiento La Esperanza, ubicado en la  comuna Nueve, ya se habían levantado.
De pronto, el ruido que producían  los equipos de sonido alegrando el nuevo día de algunos así como  el silencio de  muchas de las viviendas se vio interrumpido por un golpe seco.
Fue como si algo se hubiera caído del cielo, aseguran vecinos del lugar. “Nosotros acabábamos de levantarnos en mi casa, cuando escuchamos un golpe fuerte y seco. Uno no se imagina nada porque ni si quiera estaba lloviendo”, narró a LA NACIÓN Ricardo Trujillo.
Por eso, salió corriendo de su casa, necesitaba percatarse qué había pasado. Trujillo sintió morir. Y cómo no, si justo ahí, a unos pocos pasos de su propia vivienda una gigantesca roca acababa de aplastar la de sus vecinos.
La última vez que  los vio  había sido la noche anterior, y ahora la muerte acababa de llevarse a dos de ellos.
La familia
Los Espinoza Cifuentes eran gente sana, recuerda Ricardo Trujillo, su vecino. Trabajaban para subsistir aunque a veces no les alcanzara.
Doña Rubiela Cifuentes era el alma del hogar. Las primeras averiguaciones señalan que al parecer había entregado en arriendo su vivienda propia y para irse a ocupar un rancho en el asentamiento La Esperanza.
Con ella vivían su hijo José Yesid, quien presentaba una discapacidad,  Jhon Eider y Linda Espinoza,  así como el esposo de ésta, Carlos Téllez.
Pero fue precisamente Rubiela, la cabeza de la familia a quien la muerte se llevó y con ella a su hijo José Yesid. Mientras tanto, los otros que vivían con ellos resultaron heridos, y quedaron atrapados bajo pedazos de roca.
Ellos fueron trasladados, uno al Hospital Universitario  y los otros dos a la ESE Carmen Emilia Ospina. Sin embargo, no fue fácil su rescate.
A punta de pala y con lo que pudieron, unos desesperados vecinos lograron rescatarlos en medio de gritos de dolor y llanto de angustia.
Pero ayer mismo, al medio día dos de los heridos fueron dados de alta mientras que un tercero esperaba ser sometido a cirugía de uno de sus pies en el Hospital Universitario de Neiva.
Otro drama
Mary Luz Espinoza Cifuentes, otro de los miembros de la familia, vive su propio drama.
Aunque no vivía con su madre y hermanos, su casa está ubicada a unos metros de la de su familia. Se enteró de lo que estaba pasando cuando la bulla y los gritos de la gente del asentamiento la alertaron.
“Fue un señor el que  me dijo que a mi mamá le había caído una piedra encima. Yo salí corriendo a mirar y pues todo estaba con rocas, fue muy impresionante porque fue una piedra muy grande la que les cayó a mi mamá y mi hermano. Con los vecinos comenzamos a tratar de sacarlos porque los bomberos llegaron como a las 7 de la mañana”, narró Mary Luz.
En medio del llanto y el dolor, Mary Luz saca fuerzas para recordar que su mamá se desempeñó como madre comunitaria por muchos años y que había decidido abandonar el oficio debido a que presentaba problemas de salud.
Por su parte, su hermano José Yesid, quien también murió, tenía una discapacidad en uno de sus brazos como consecuencia de una enfermedad que había sufrido siendo niño.
Esa discapacidad le impidió, según su hermana Mary Luz, desempeñar un trabajo fijo. Solo laboraba de vez en cuando, en lo que le saliera para poder tener algo para sus gastos.
La otra cara
Como muchos en el asentamiento La Esperanza de Neiva, los Espinoza Cifuentes habían llegado al lugar hacía aproximadamente seis años.
Como los otros habitantes del lugar, querían tener una casita propia, así fuera en un asentamiento, corriendo los peligros propios de esta clase de invasiones.
Al igual que otros asentamientos, La Esperanza es un sitio abandonado de  la mano de Dios. Sus desordenadas e improvisadas calles no están pavimentadas y cuando llueve se convierten en lodazales intransitables que al secarse con el sol, generan grandes polvaredas.
Las viviendas no cuentan con nomenclatura. Si se trata de buscar a alguien, hay que preguntar por el nombre de la familia o de la persona en particular para poder localizarlo. Allí, casi todos se conocen.
En La Esperanza sus habitantes provienen de todas partes y llegaron hasta allí por diferentes motivos, como dice Ricardo Trujillo, vecino de los Espinoza Cifuentes.
Él por ejemplo es desplazado al igual que su familia. Un día alguien le dijo que tenía la oportunidad de tener una casita propia en un asentamiento ubicado en una zona de la comuna nueve de Neiva y decidió irse para allá, no tenía otra opción.
Y como él así están muchos, quienes pese al peligro que representa la zona, optaron por asentarse ahí, en La Esperanza.
¿Estaban avisados?
No obstante, según Mary Luz Espinoza Cifuentes nadie les había advertido nada. Con excepción de una ocasión, hace dos años cuando fueron alertados por el Cuerpo de  Bomberos de Neiva de que la  zona estaba en riesgo y que tenían que irse de ahí,  que les iban a ofrecer una opción de ayuda, pero ésta nunca llegó.
Pero otra cosa es lo que asegura el secretario de Vivienda de Neiva, Gustavo Silva, pues sostiene que era de conocimiento público que la Alcaldía contaba con un análisis de riesgo en el sector.
“Es de conocimiento público esta documentación, y la gente tiene conocimiento. Nosotros en las diferentes reuniones que se hacen en los asentamientos y con la población identificamos y le damos a conocer las falencias y el riesgo que tienen sus predios”, puntualizó Silva.
El funcionario explicó que dentro de las visitas a los diferentes asentamientos, entre ellos el de La Esperanza, se había comunicado a sus habitantes sobre los diferentes  programas de vivienda del Municipio para estos casos y la forma cómo la comunidad puede acceder a los subsidios familiares.
Pero Silva fue más allá y reveló que luego de darse a la tarea de buscar entre los archivos de los subsidios otorgados a familias de escasos recursos en Neiva, se encontró que  en el caso de la familia Espinoza Cifuentes, Rubiela como su cabeza, ya era propietaria de una vivienda otorgada a través de la entonces Envineiva, localizada en el barrio Eduardo Santos.
“Aquí es  importante decir que muchas de las familias o en  un porcentaje alto de los que viven en asentamientos ya han sido beneficiados”, puntualizó Silva.
Advirtió que incluso en Bosques de San Luis, al sur de Neiva, muchos de sus beneficiarios decidieron arrendar sus apartamentos y han retornado a asentamientos humanos nos en busca de otros beneficios
Problema interminable
Pedro Pablo Tinjacá, director de la Oficina de Gestión del Riesgo de Neiva confirma que en efecto el asentamiento La Esperanza está ubicado en una especie de hueco donde el peligro de deslizamiento es constante.
“Aunque no estaba lloviendo puede haber pasado que con las lluvias del viernes anterior, haya pasado que aflojó el terreno, como suele pasar con todos estos asentamientos donde las cosas son muy complicadas”, afirmó Tinjacá.
Es por eso que el funcionario no descarta de plano que con la temporada invernal que se registra en la región, se puedan presentar más deslizamientos.
Actualmente en Neiva hay 114 asentamientos humanos ubicados en diferentes lugares de la ciudad. Y aunque pareciera imposible, han disminuido, según Tinjacá, pues en 2018 había más de 130.
El Gobierno Municipal logró dentro de su política pública de asentamientos aprobada en 2016 por el Concejo de Neiva, legalizar 12 y recuperar 65 predios.
De esta manera, lo que se busca con esta política es ofrecer mecanismos, estrategias, directrices, capacidad administrativa y financiera a la Administración Municipal que permitan mejorar las condiciones de habitabilidad de las personas y familias informales.
Rafael Yepes, director de Planeación Municipal ha dicho  que no es posible calcular el costo total de la legalización urbanística por tratarse de un proyecto a desarrollar durante algunos años y en varias administraciones. Eso sí, en su momento anotó que sólo el proceso inicial de planeación se calculaba en $11.327 millones.
El problema es que pareciera que se trata de un fenómeno de nunca acabar. Según Tinjacá, ocurre que cuando se busca reubicación para familias que viven en asentamientos, éstas se van pero llegan otras.
Y no le falta razón, pues no es un secreto que se trata de un negocio de los llamados tierreros, que son personas dedicadas a invadir tierras que luego venden a desprevenidos clientes.
Algunas familias ‘heredan’ sus viviendas a familiares o amigos lo que hace casi que imposible terminar con los asentamientos humanos.


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